lunes, 9 de enero de 2017

The OA o Stop wasting my time please.


The OA. Ya sólo el título es la promesa de un atractivo misterio. Extravagancia narrativa, resultones cliffhangers, algo de originalidad y mucha poesía visual, todo bien mezclado y servido por la estrella indie femenina del momento. Parece innovadora, es lo que andamos buscando, es justo lo que necesitamos para perder el oremus durante 60 minutos. Ellos, los creadores, a la sazón ella misma, lo que no perdió es la vergüenza. Nunca la tuvo, su narcisismo petulante no le dejó espacio. Ma gavte la nata querida.

Yo acuso. Cuando creas, escribes y produces una serie así, deberías introducir un lead que aporte algo al mix. Una actriz que puede o no parecérsete, pero que irrevocablemente no puedes ser tu misma, si no, toda la serie se convertirá en una diáfana y enorme sala de exposiciones en la que brillará un único objeto: tu ego. Voy a ser más específico, si te quieres hacer una paja, ahora tienes un montón de realizadoras que enfocan el porno desde un ángulo más femenino y casi, casi tan pretencioso como tu has enfocado The OA (aquí me acuerdo de John Malkovich subiendo la escalera en casa de su tia en Dangerous Liaisons, Xavi, ¿A qué esperas?).


The OA es un precioso jarrón chino. Otro más. Tan exquisitamente decorado por fuera como vacío por dentro. Huecos narrativos, imponderables, golpes de efecto y porqueyolovalgos aparte, a medida que avanzas por los 8 episodios vas cosechando esta sensación de vacío además de, horror y pavor mediante, acordándote de otras grandes hazañas estéticas con las que te tomaron el pelo, a saber Lost y Westworld; la primera por pionera en esto de la caradura y la segunda por reciente.

Es recurrente, es un hecho. Existe una corriente de creación que fundamenta toda la estructura de una serie en una malla de misterios efectistas, que quedan muy bien en los primeros episodios y que evidentemente obran su efecto enganchándonos y haciéndonos creer que una inteligencia superior ha escrito ese guión y tiene reservados para nosotros multitud de originales sorpresas, pero al final, cuando los realizadores son incapaces de soltar la madeja y presentarte un final coherente, con sentido, cuando brillantez y originalidad se revelan como torpeza y vulgaridad, entonces nos embarga la frustración y nos sentimos estafados. Y de hecho estafa es la palabra que mejor lo define, pues en estos días el tiempo es dinero, y tu, Brit, cariña, me debes 8 horas.